El nombre del Perú no significa, pues, ni río, ni valle, ni orón o troje y mucho menos es derivación de Ophir. No es palabra quechua ni caribe, sino indohispana o mestiza. No tiene explicación en lengua castellana, ni tampoco en la antillana, ni en la lengua general de los Incas, como lo atestiguan Garcilaso y su propia fonética enfática, que lleva una entraña india invadida por la sonoridad castellana.
Hace algunos años apareció
en la revista Caretas (3 de octubre de 1996) esta fotografía, lo que motivó que
el Contralmirante Ramón Arróspide Mejía (en ese entonces Presidente del
Instituto de Estudios Histórico Marítimos) enviara una carta corrigiendo aquel
error, la cual fue publicada en la sección "Nos escriben y
contestamos" :
Lima, 24 de octubre de 1996
Señor Director:
Con referencia al artículo
`Gloria y Leyenda' de CARETAS 1434 del 3 de octubre -referido a Grau y al 8 de
octubre- confirmamos que el retrato que allí se reproduce no corresponde a don
Miguel Grau.
El Instituto de Estudios
Histórico- Marítimos se siente llamado a aclarar las dudas del caso. Si esta
carta llega quizá con cierto retraso es porque hemos preferido hacerlo después
de realizar una minuciosa investigación a fin de determinar el origen de este
error, así como proporcionar la información histórica sobre los personajes
involucrados.
Como CARETAS manifiesta, la
foto ha sido tomada del libro chileno `Historia ilustrada de la Guerra del
Pacífico', edición patrocinada por el general Augusto Pinochet. Hemos
encontrado que en diversas publicaciones chilenas, como `El Poder Naval de
Chile', (Valparaíso, Revista de Marina, 1985), y el `Monitor Huáscar' editado
por Lamas y Cía. (Concepción, 1989), en forma recurrente reproducen la misma
foto equivocada.
El personaje que aparece
como Grau es en realidad don Juan Bautista Topete y Carballo (1821-1885),
comandante de la fragata española Blanca de la Escuadra del Pacífico, con la
que participó en el combate de Abtao y combate del Dos de Mayo de 1866. Los
retratos del personaje -incluyendo la foto que publica CARETAS- los encontramos
en por lo menos tres libros españoles como `Historia de la guerra de España en
el Pacífico' (Pedro Novo y Colson, 1882). Igualmente en libros peruanos como
`La Historia de la Marina de Guerra del Perú' de Manuel I. Vegas.
En el retrato que publica
CARETAS se aprecia un innegable parecido con nuestro héroe, especialmente si
nos referimos a una fotografía poco conocida del Almirante Grau en Río de
Janeiro....
Pero el uniforme, galones y
posición de los botones en la manga son diferentes y, obviamente, los de Topete
no corresponden al uniforme peruano.
Ramón Arróspide Mejía
Contralmirante (r)
Presidente Instituto de
Estudios Histórico-Marítimos
Hijos Andrés Avelino Aramburú
Salinas y José Félix Aramburú Salinas
Padres José Félix Aramburú y Vega-Bazán y
Petronila Sarrio y Pozo
Andrés Avelino
Aramburú Sarrio (Lima, Perú, 10 de noviembre de 1845 – 22 de mayo de 1916) fue
un periodista y político peruano.
Fundador y director
del diario La Opinión Nacional, que se editó en Lima de 1873 a 1914, siendo el
más importante diario del Perú a principios del siglo XX, junto con El Comercio
y La Prensa. Ferviente patriota y político leal, Aramburú tuvo una personalidad
vigorosa. Fijó una marcada orientación de estilo norteamericano en la
conducción de su diario, destacando como una gran figura del periodismo
sudamericano. Fue padre de Andrés Avelino Aramburú Salinas, que siguió sus
pasos en la profesión periodística, y de José Félix Aramburú Salinas, que fue
diplomático y político.
Sus padres fueron
José Félix Aramburú y Vega-Bazán, oficial mayor de Hacienda, trujillano, y de
Petronila Sarrio y Pozo, limeña. Estudió inicialmente en el Instituto
Preparatorio y pasó luego al Convictorio de San Carlos, donde fue alumno destacado,
y finalmente cursó leyes en la Universidad de San Marcos, donde se graduó de
bachiller, licenciado y doctor en Jurisprudencia, con tesis sobre «Origen del
castigo», «Fin de la pena de muerte» y «Pena de muerte», respectivamente
(1868). Se casó con Agripina Salinas y Cossío, hija del alcalde de Lima y
acaudalado hacendado Antonio Salinas y Castañeda.
A pesar de la
oposición de su madre, se inclinó por el periodismo, comenzando con eventuales
colaboraciones para El Comercio de Lima (1863) y editando luego con sus
compañeros de aula una hoja de vida efímera, La Voz del Patriotismo (1865), a
raíz del entusiasmo patriótico suscitado por la agresión de la Escuadra
Española del Pacífico.
Seguidamente se
desempeñó como redactor de El Nacional (1865), periódico fundado por un
destacado grupo de escritores liberales, entre los que se contaban Manuel María
del Valle y Juan Francisco Pazos. A través de sus páginas participó
entusiastamente en la campaña cívica a favor de la elección presidencial de
Manuel Pardo y Lavalle (1871 - 1872) y fue apresado en tres oportunidades.
El 1º de diciembre de
1873, ya bajo el gobierno civilista de Pardo, fundó el diario La Opinión
Nacional, junto con Reynaldo Chacaltana y Manuel María Rivas, aunque luego
estos se separaron de la empresa. Por más de cuatro décadas se mantuvo al
frente de dicho diario, que se convirtió en uno de los más importantes del Perú
y de Sudamérica. Desde sus páginas se enfrentó a la oposición anticivilista
representada por los diarios La Patria y La Sociedad. Pero también peleó a
favor del gobierno con las armas, como voluntario de la Guardia Nacional contra
la rebelión de Nicolás de Piérola, hasta la derrota de este caudillo en la
batalla de Los Ángeles.
En 1879 se declaró
opositor de una eventual guerra con Chile, pero cuando ésta fue declarada, hizo
la defensa de la causa peruana con gran elocuencia y entró en polémica ardorosa
pero alturada con la prensa del país adversario. Incorporado como soldado raso
en la reserva del Ejército Peruano durante la defensa de Lima, peleó en la
batalla de Miraflores (15 de enero de 1881). Enseguida pasó a ser secretario
del presidente Francisco García Calderón, durante el denominado Gobierno de La
Magdalena, en los aciagos días de la ocupación chilena. Respaldó luego la autoridad
del contralmirante Lizardo Montero por haber logrado realizar la unidad
política del país.
Hecho prisionero y
desterrado a Chile (20 de octubre de 1882), permaneció confinado en Chillán. De
regreso en el Perú (10 de marzo de 1883), apoyó el pronunciamiento del general
Miguel Iglesias. Fue elegido diputado por Chancay, ante la Asamblea
Constituyente que aprobó el Tratado de Ancón (1884-1885). Junto con monseñor
Manuel Tovar, representó al gobierno de Iglesias para lograr un entendimiento
con el general Andrés A. Cáceres, pero una vez que este caudillo se convirtió
en gobernante, le brindó su apoyo desde La Opinión Nacional.
Elegido diputado por
Lima (1894), mantuvo obstinada oposición contra la revolución que Piérola
acaudilló para derrocar a Cáceres, recordando los despilfarros que dicho
caudillo civil promovió cuando fue ministro de Hacienda auspiciando el Contrato
Dreyfus en la década de 1860, y la desorganización militar que hizo cuando fue
dictador durante la guerra con Chile. Su casa fue asaltada por una turba
pierolista después de los combates en las calles de Lima, el 17 y el 18 de
marzo de 1895. Aún después de iniciado el gobierno de Piérola continuó haciendo
oposición a este caudillo. No obstante, Piérola, al terminar su gobierno,
reconoció hidalgamente los servicios que el periodista había prestado a la
nación.
Consagrado
exclusivamente a su labor periodística, Aramburú continuó pulsando la vida
política del país no solo a través de sus vibrantes editoriales en La Opinión
Nacional sino en una columna de la misma, festiva y mordaz a la vez, que llamó
«Mentiras y candideces», que fue muy celebrada por los limeños. Atildado tanto
en el vestir como en su expresión, cortés y benevolente, supo llegar
directamente a la mente y al corazón de sus lectores. En las calles de Lima los
vendedores de diarios pregonaban así su periódico: «La Opinión Nacional con
editorial del doctor Aramburú». Patriota ferviente, acuñó en su diario el
siguiente apotegma: «Nadie tiene razón contra el Perú». Otra faceta interesante
y ejemplar de su personalidad fue su afecto hacia los obreros, en especial los
obreros gráficos.
Ya anciano, dejó la
dirección del diario y se retiró en 1914. Tuvo la suerte de celebrar sus bodas
de oro como periodista.
Es muy antigua la idea de
los tesoros ocultos. Desde el rescate de Atahualpa, quedó en la imaginación de
todos, la certeza de haber sido ocultadas en diversos lugares grandes
cantidades de oro y plata.
Las “huacas” donde a veces
se hallaban objetos y restos prehispánicos contribuyeron al afán soñador por
encontrar a cada paso riquezas bajo la tierra.
Demolición del Hospital de
San Juan de Dios
La ausencia de bancos, tal
como los conocemos hoy y la desconfianza ante aquellos banqueros susceptibles
de quiebras y perdidas, dieron lugar, seguramente, a la costumbre de guardar en
recatados lugares de casas y haciendas los dineros ahorrados. Hubo,
indudablemente, el hábito, sobretodo en ciertas épocas, de usar esta forma de
encubrimiento para evitar asaltos y robos. Muchas de las antiguas casas, tal
cual como los arcones y bufetes de la mueblería colonial, tuvieron disimuladas
alacenas, escondrijos y secretas, como propiamente se les denominaba para
esconder tesoros.
Y las leyendas crecieron y
se multiplicaron. Se afirmaba de los ricos, la costumbre de esconder en botijas
y bolsas grandes de cuero, grandes fortunas. Hasta se creía el cuento cruel de
los enterradores esclavos, que pagaban con su vida, la involuntaria culpa de
haber conocido el lugar de los codiciados escondites y quedaban en estos
también sus cadáveres, como si perpetuaran el servicio de lúgubre vigilancia.
El hecho de haberse hallado con frecuencia, en los tapados, restos de huesos
humanos, apoyo esta creencia. Y a la vez contribuyo a la superstición de los
fantasmas.
En casas donde penan,
tesoros hay, se decía. Y en cuanto alguna vieja casona se desocupaba, surgía la
suposición, sobre todo si los vecinos contaban de extraños ruidos que había en
ella, de alguna alma rondadora, vigía fantasmal de algún rincón lleno de
monedas de oro. Cuando alguien moría sin dejar testamento, suponíase que podía
quedar enterrado en una iglesia, pero su alma quedaba en la mansión, como
atormentado centinela.
Y no solo se creía en los
ocultamientos bajo tierra, sino también se les imaginaba en los anchos muros,
en las vigas, en los artesonados de los techos, etc. Se exageró estas
creencias, y con el pasar del tiempo, se creyó en una ciudad llena de
vericuetos subterráneos, horadada y con túneles en todas direcciones.
Después de la expulsión de
los jesuitas, en tiempos del Virrey Amat, aumento enormemente la idea. La
antigua y célebre frase “nos llevamos un tesoro escondido en el breviario
(librito que contiene el rezo eclesiástico anual)” contribuyo a creer que en el
estaba las claves para ubicar e identificar los lugares donde dejaron sus
riquezas estos religiosos expulsados.
La guerra de Independencia
también contribuyo a hacer crecer la leyenda. Se aseguraba la existencia de
fortunas escondidas por los españoles residentes para evitar las confiscaciones
de los republicanos. No solo en Lima fue extensa y difundida la convicción de
existir muchos sitios con dineros escondidos, sino en todo el Perú se mantuvo
esta idea durante mucho tiempo.
Como derivación natural
surgieron los descubridores expertos y los poseedores de planos y guías. Se
hicieron famosos los buscadores de tesoros, tan igual como las brujas y los
curanderos. Estaban llenos de verbos floridos y frases cabalísticas. Explotaban
la ingenuidad por la fuerza de la tradición.
Sus labores siempre rodeadas
de aires de misterio pusieron una nota entre burlona y macabra. Los había hasta
extranjeros que venían con raros documentos de caligrafías complicadas siempre
ofreciendo sus servicios, previo “adelantito” del dinero a encontrar.
Palacete Veneciano, demolido
en la creencia que tenía tapados y tesoros
Naturalmente, no siempre se
trataba de patrañas y mentiras. Se hallaron realmente muchos tapados, y no
pocas personas cambiaron sus vidas debido al éxito en sus búsquedas. En algunas
casas de Lima fue evidente el descubrimiento de algunos entierros. Y esto
sirvió para cebar el anhelo de todos, porque hubo un tiempo en el cual se
esperaba esa forma para salir de apuros, igual como se confía en la lotería.
Por las calles Chacarilla,
la Virreina, por Matavilela, por Aumente, por la plaza San Martín, por
Plumereros, etc., se afirmaba que fueron descubiertos tesoros.
Catacumbas de San Francisco
Muchas veces se señalo el origen
de ciertas fortunas en artificiales minas callejeras. Este tipo de entierros
era tema de conversación frecuente. La vieja Lima con sus cementerios en
iglesias, colmadas de huesos, y sus caserones y huertos también con tumbas
particulares y con joyas y dinero bajo tierra, llego a ser imaginada como una
oculta y enmarañada red de túneles sombríos y húmedos. Se afirmaba por la zona
de Desamparados, de una oscura calle, debajo de las que conocemos, donde podía
discurrir cómodamente una pareja de hombres a caballo. Y así, se señalaban
muchas sendas de ese tipo: de Palacio a Santo Domingo, de san Pedro al
Noviciado, etc.
Ahora mismo, cuando en
alguna excavación o demolición de una casona en el centro de Lima aflora alguna
cripta arcaica o unos escalones musgosos, reaparecen las interrogantes: ¿Habrá
algún entierro?, ¿A dónde irá este camino…?
Luis D´Unian Dulanto, “Tatán” fue un amigo de lo ajeno y le robaba a cualquiera. Esos cuentos de que fue "el ladrón bueno" lo inventaron sus amigos de Las Carrozas. El que busca encuentra...Su misteriosa muerte llamó la atención de todos los que le hicieron buena fama a un delincuente. Tuvo una vida promiscua con homosexuales y algunos dicen que uno de estos, celoso de otro, lo mató de nueve puñaladas como a un César.
La otra versión, también tonta, es que el delincuente "Tatán" tenía un diamante incrustado en uno de sus dientes y para robarlo tuvieron que matarlo. La versión de más crédito es que el delincuente era un "soplón" y fue asesinado por pasar información a la policía. Dicen que quemó vivo a otro delincuente pero no se lo pudieron probar y luego lo mataron en la cárcel...murió en su ley.
Es falso que robó a los ricos para entregar todo a los pobres. Robaba para vivir bien, para comprar ropa de primera calidad, para gozar de buenos médicos.
Nació Juan Mauricio Rugendas en Augsburgo, el 29 de marzo de 1802, hijo de Johann Lorenz, director de la Academia de Bellas Artes de aquella ciudad. Muy temprano, a los quince años, sintiendo la bullente vocación trasmitida por generaciones de familiares de origen catalán, que habían sentado real en aquellas tierras por razones religiosas, ingresa en la Academia de Artes de Munich, la capital bávara.
Más tarde es incorporado a la expedición del explorador barón Von Langsdorff, quien necesitaba de alguien que, ajeno a especulaciones e impulsos, describiera al dibujo las muestras naturales con exactitud, como cuadra al rigor científico. El exigente explorador encontró en el joven artista la persona adecuada para su expedición al Brasil, donde llega en 1821.
Su paso por el Imperio del Brasil
Pero el trópico ubérrimo y expansivo pudo más en la sensibilidad romántica de nuestro amigo, en sus eclosivos diecinueve años; entonces, movido por intereses de propia exploración se aparta de von Langsdorff para viajar por su cuenta y riesgo con el propósito de apuntar a mano alzada bocetos y acuarelas de un mundo extraño al suyo, latitudes más bien templadas y frías tan opuestas a las del lejano tropical Brasil, que ahora sentía bajo sus pies. De regreso a Europa, se publica en Paris el producto de este trabajo en francés, Voyage pinttoresque dans le Brasil, y en edición alemana bajo el título Malerische Reise in Brasilien (Viaje de pictórica en el Brasil, o Viaje pintoresco en el Brasil, que para el efecto la precisión alemana no tiene parangón castellano), con un centenar de planchas litografiadas, editado al cuidado de Engelmann. La demanda obligó a una edición en formato menor y tan solo cuarenta cuadros, se trata de Merkwürdigste aus der malerischen Reise in Brasilien (Lo más notable del viaje pintoresco en el Brasil).
Plaza mayor de Lima, Rugendas. Óleo, 1843
En circunstancias de su presencia en París conoce al barón Alexander Von Humboldt, el sabio naturalista conocedor de la América equinoccial, quien interesado en las pulcras láminas de plantas, hojas, helechos, tallos y flores de la vasta herbaria traída del Brasil, recogidas por el pincel de Rugendas, le prodigó su aplauso y protección. Contagiado de viva nostalgia y aventura retorna para América. Esta vez visita Haití, México, Chile, Perú, Bolivia, Argentina y el Uruguay, para lo cual elabora un Fahrplan (Plan maestro).
En México
Su presencia de algo de tres años por México y los estados de México, Michoacán, Hidalgo, Guerrero, Puebla, Veracruz, Jalisco y Colima, son motivo de más de 1600 piezas, entre apuntes y cuadros de costumbres. Pero sería en México donde tendrían lugar dramáticas experiencias personales que le pondrían al borde de la muerte; la primera cuando le atacó el cólera, peste que azotaba el hermoso país del mezcal, el tequila y las tortillas de maíz; la monumental Teotihuacan y su singular pueblo. La segunda cuando, en su afán de poner a salvo a dos conspiradores contra el general Ambrosio Benavente y permitirles la huída, es encarcelado por dos meses y luego expulsado del país. Su obra en aquellas latitudes quedó registrada enLandschaftsbilder und Skizzen aus dem Volksleben von Mexico (Paisajes y bosquejos de la vida popular en México) editada en Darmstadt, Alemania, en 1855 y en Londres en 1858.
En Chile
Pone dirección entonces a la costa mexicana del Pacífico en 1834. Embarca en Acapulco con rumbo a Chile donde ingresa por Valparaíso. Permanece en tierra mapuche, más allá de lo proyectado, cautivado por la belleza del paisaje y lo nativo.
En Santiago es acogido generosamente y, posteriormente, habría de quedar atado sentimentalmente a una dama de Talca, doña Carmen Arriagada de Gutike, esposa de un ex oficial prusiano fugado de Prusia por haber dado muerte en duelo a un superior jerárquico. Eduard Gutike, había pertenecido a la expedición libertadora de San Martín al Perú; herido de bala perdió el uso de una pierna.
Rugendas se avino a una apasionada y clandestina aventura, que terminó con el retiro de la amante en una casa religiosa.
También en Chile su producción es generosa; más de 850 láminas, entre óleos, acuarelas y bocetos se registran allí. Retrata a lo más graneado de la sociedad santiaguina; a él se deben vistas de las obras del tajamar en las riberas del Mapocho, ceremonias patrióticas, una colección de trajes típicos; fiestas populares, escenas de estancia y campo pintadas con destreza y experta ejecución.
Llevado por su espíritu apasionado conoce y emprende amores con una bella joven de Valparaíso perteneciente a una acaudalada familia. Pero, doña Clara Álvarez Condarco, apremiada por la familia dada la naturaleza de esos amores, para no avenirse a una eventual unión, rompe por carta con Rugendas y así termina en fracaso esta nueva relación.
En el Perú
Agregamos a lo expresado en el exordio, que nuestro artista, viajero en estas precarias condiciones sentimentales, o como consecuencia de ellas, decide emprender su proyectado viaje al Perú, a la tierra donde el Sol había sido Dios.
En Lima, José Mauricio se convierte luego en retratista en su mayoría de personajes extranjeros; hace apuntes del Puente de Montesclaros o Puente de Piedra, la Alameda de los Descalzos, mansiones de Lima y ranchos de Miraflores y Chorrillos; de muchas calles de Lima -precisamente, en una de aquellas llamada Puno moraba por esos días un niño que alcanzaría fama como tradicionista, don Ricardo Palma-; escenas de campo y costumbres; beatas, mulatos, negros, indígenas, mendigos y cuanto personaje pintoresco aparecía a sus ojos eran pan de sus pinceles. Viaja por Puno, Cusco, Arequipa, Tacna y apunta a su paso.
Itinerario del pintor – viajero por América:
Río de Janeiro – Minas Gerais – México- Xalapa – Orizaba – Puebla – Cuernavaca – Morelia – Manzanillo – Acapulco – Valparaíso – Santiago – Talca – Constitución – Santiago – La Serena – Cruce de los Andes – San Luis – Santiago – Callao – Arica – Tacna – Lima – La Paz – Cuzco – Arequipa – Valparaíso – Montevideo – Buenos Aires – Río de Janeiro.
Vasta y hermosa producción la de este alemán que finalmente se retira a Weilheim, a orillas del Teck en Würtemberg, donde emprendió un tardío romance que luego de algunas peripecias culminó en casamiento con la joven muniquesa María Sigl, su cariñosa Bettina, hija de un acomodado fabricante de tejidos de aquella localidad.
Pero el recuerdo de su paso por el continente sudamericano le hizo escribir estos sencillos versos producto también de la soledad, el abatimiento y la nostalgia:
Construí un puente en mis pensamientos, hacia el ancho, ancho mundo. De la cima de los Alpes hasta la lejana cordillera de los Andes.
Un ataque al corazón lo retiró de la vida el 29 de mayo de 1858, antes de cumplir un mes de su boda. Yace sepulto en aquel pueblo de Baviera del Norte.
Fuentes:
- Juan Mauricio Rugendas, El Perú Romántico del siglo XIX, Editor Carlos Milla Batres. Lima, Perú 1975.
En las primeras décadas del
siglo XIX, un vecino de nuestra ciudad se encontraba de viaje por Europa
visitando las antiguas ciudades y sedes de las monarquías que aún se
enseñoreaban en esa parte del mundo. En su viaje llegó a la ciudad de Venecia
donde quedó enamorado de su bella arquitectura y sobre todo de un hermoso
edificio gótico cuya construcción se había iniciado en 1200 y que era el
orgullo de los habitantes de esta bella ciudad: el palacio Ducal.
Cuando regresó a Lima hizo
construir en la parte posterior de su casa -que daba al río Rímac- una replica
de la fachada de ese fastuoso palacio veneciano. Era la casa del Conde de la
Vega del Ren o también llamada Casa Concha-Atete por los apellidos de los últimos
propietarios descendientes de este Conde decimonónico y romántico. Quedaba esta
casa donde hoy se encuentra la Alameda Chabuca Granda y donde antes estuvo el
campo ferial Polvos Azules.
Pero, ¿Qué paso con esta
bella casa y porque ya no existe? Cuenta Juan Ugarte Eléspuru lo que sucedió
con este bello palacete, versión que el recogió del último habitante
descendiente del viajero Conde de la Vega del Ren, en uno de sus libros
dedicados a Lima. Un vecino rimense -al otro lado del río y frente a la casona-
encontró un túnel que lo llevó por debajo del lecho del río hasta una bóveda
bajo la casa donde encontró un “tapado”, tesoro compuesto por joyas y antiguas
monedas de oro. Con esta recién adquirida riqueza este afortunado vecino
rimense compró una casa en el centro de la ciudad, que la decoró con mucho lujo
y le puso su nombre: la Casa Barbieri.
Esta versión de tesoros
subterráneos llegó a oídos de funcionarios del gobierno de entonces (años 40)
que ávidos de hacerse de estos, idearon muchas maneras de hacerse con la
propiedad. Finalmente, un “proyecto” de playa de estacionamiento con el nombre
de Playa Rímac hizo posible la expropiación y demolición de esta casona y su
espectacular fachada veneciana que daba al río Rímac.
La playa Rímac fue ideada
para descongestionar la Plaza de Armas de los autos que solían estacionarse en
ella, pero no tuvo éxito y los autos aun se estacionaban en la plaza mayor
hasta los inicios de los años 80. Luego la historia ya es conocida: sobre ese
túnel se levantó un campo ferial y hoy es un espacio público de cómicos
ambulantes y dulces típicos.
Corongo está a 591 km de Lima, vía el
Callejón de Huaylas
Es la provincia más pequeña de Áncash
pero es la más grande en acervo cultural
Corongo no se dejo avasallar
por el progreso: Mantuvo su cultura, sus danzas anteriores a la Conquista, el
llajuash (una variedad del quechua) y no toleran ni borrachitos ni ladrones.
Llegar a Corongo es una
maravillosa aventura porque se debe recorrer el Callejón de Huaylas de punta a
punta antes de enfrentarse a los 35 túneles del Cañón del Pato. En el caserío
de Huarochirí, la carretera afirmada se aparta del rio Santa y trepa hasta la
exultante meseta que acoge al pueblo de La Pampa, famoso por su cuy chactado.
Después se toma por asalto Corongo (3,141 m.s.n.m.), pueblo que se hizo
conocido por sus pallas, danza ancestral que constituye su savia, su vitalidad,
su pasado y su futuro. Hasta Maju Mantilla lució una pieza palla al coronarse
como soberana mundial de belleza en el 2004.
No obstante, es terriblemente
injusto definir a Corongo solo por sus pallas. Es una reducción inaceptable. Es
uno de sus pueblos donde el ´pasado siempre está presente, pero con dignidad y
buen gusto. Desde sus sobrias puertas y sus balcones de madera tallada, sus
acogedores patios interiores, su mar de tejas, sus calles empedradas, hasta el
exquisito puente de calicanto. Y desde el mirador de San Cristóbal, en medio de
ondulantes trigales, se tiene una soberbia vista del nevado Champará. En la
parte alta, lagunas de notable belleza terminan de pincelar este paraíso.
El alojamiento se hace en el
Hotel Municipal y en el Hostal Marreros. Las pallas danzan exclusivamente en
Junio, (27, 28 y 29) en la fiesta de San Pedro.
Los limeños eran amantes de los guisos, las frituras y el picante. Esto sorprende al viajero alemán Ernst Middendorf (1894), quien en sus cuadernos de viaje dejo registrada la costumbre culinaria de los limeños del siglo XIX.
Ernst Middendorf, en su obra "Perú, Estudio del País y sus Habitantes" escribe: "se cuenta con una gran cantidad de fondas peruanas en las que se cocina a la manera nacional y cuyos platos son, en su mayor parte, estofados o guisados a fuego lento con mucha pimienta y grasa. Junto a las fondas en las que solo se preparan guisos calientes, hay que mencionar a las picanterías, donde generalmente se sirven comidas frías: aves, jamones, salchichas, pescado en escabeche, camarones y ensaladas, todo fuertemente condimentado con ají, de donde se deriva el nombre de estos locales... El extranjero se familiariza no pocas veces con el ají, pero difícilmente aprende a vencer su repugnancia por el olor a ajo que despiden muchos guisos".
Los habitos alimenticios de una familia de clase media limeña evidenciaban una inclinación por la abundancia de potajes y la contundencia de los mismos. Middendorf refiere que los limeños de esta clase social "por lo general no se apresuran en comer. Rara vez se acuestan antes de media noche, por consiguiente los señores no se levantan hasta despues de las siete y media... La servidumbre de una casa se compone por lo menos de tres personas, un cocinero, un mayordomo y una muchacha o auxiliar de la señora. Los sirvientes por lo general son cholos o zambos, con excepción del cocinero, que frecuentemente es chino y excepcionalmente francés... El cocinero, que no duerme en casa, llega a las ocho con lo que ha comprado en el mercado; enciende el fuego, pero sólo para poner carne para la sopa, pues los demás guisos para el almuerzo, no exigen mucho tiempo y su preparación se lleva a cabo más tarde... Aparece luego el panadero,... la lechera... y la frutera... Los hombres van a sus negocios y regresan para el almuerzo, que tiene lugar, generalmente entre diez y media y once y media".
Era un almuerzo francamente opíparo, y consistía "en una comida caliente completa, aunque se come menos que de noche y no se toma vino. Ricos o pobres consumen más o menos los mismos platos, que sólo se diferencian por la preparación más cuidadosa. Se comienza con un caldo de carne, que se sirve con pedazos de yuca que ha hervido con la carne (sancochado). La yuca es... insípida en sí misma, pero sancochada con la carne toma un gusto agradable, y la gente la come sin hastiarse, como el pan y las papas, en el consumo diario. Después del sancochado se ofrece generalmente algunos platos de estofado que cada uno deja pasar según su apetito. A todo esto siguen bistecs o chuletas con huevos, papas fritas, arroz y plátanos fritos. Se termina con café o té. En lugar del sancochado, se presentan a veces dos platos característicos del país: la cazuela y el chupe. La cazuela es una sopa picante, preparada de diversos elementos, cortados todos en pequeños pedazos como: carne, maíz, y arvejas frescas. El chupe lleva leche en lugar de caldo de carne, y se cuecen pequeños trozos de pescado, camarones, papas, camotes, y mote, servido en un solo plato y muy caliente". Después del almuerzo es cuando comienzan propiamente las actividades. Los comerciantes se dirigen a sus despachos, los empleados a sus oficinas. A las cinco de la tarde se cierran los locales de la administración pública y hacen lo propio los negocios una hora después".
Y ¿Qué mejor que una reparadora comida después de un día de trabajo?: A las seis y media, en la mayor parte de las casas, se sirve la comida principal. Los dos primeros platos consisten siempre de sopa y pescado ... Después del pescado siguen otros platos preparados a la manera francesa o a la del país, estofado, frituras, y picantes. Luego viene el asado, que es el plato más débil de la comida, pues la carne de res es en Lima, por lo general, mucho menos jugosa y sabrosa que en otros lugares de la República, probablemente porque el ganado sufre en el traslado al ser conducido... Después del asado vienen los platos dulces, gelatina y frutas confitadas, en cuya preparación son muy hábiles las mujeres. La comida termina con frutas frescas. Las más finas de las frutas del país son las chirimoyas, la granadilla, la piña y la palta. A eso de las ocho se termina la comida y uno se dirige a la sala. Los hombres salen entonces, ya sea a su club o a hacer visitas. Las mujeres generalmente permanecen en su casa y esperan a sus amistades. La influencia de los chinos y su comida a finales de este siglo XIX enriquecería nuestra variedad culinaria.
Fuentes:
Ernst Middendorf, Perú, 1973
Mariella Balbi, La Historia de los chifas en el Perú, 1999
Esta es una antigua costumbre en
nuestra ciudad y consistía en jugar una broma, muchas veces de mal
gusto a nuestro prójimo. En su obra "Lima Antigua", publicado en
1890, Carlos Prince ya nos da detalles de lo degenerada que era esta costumbre.
"Este es el petardo mas enorme y fenomenal que podía imaginar el explotaje, y que debía bautizarse con el nombre de abuso de confianza, pues en esta degeneraba ya la abusiva costumbre del día de los Inocentes" "Era el caso que yendo ese día a visitar a cualquier familia, una las niñas le decía al visitante: "Señor Don Zutano, hágame usted el favor de prestarme diez pesos hasta luego." También solía hacerse la misma demanda de la manera siguiente: "Que bonita prenda tiene usted, permítala usted para verla."
Si el acometido de alguno de estos modos prestaba el dinero o daba la prenda, sin decir, por vía de advertencia: "Hago esto fuera de inocente", entonces, cuando llegaba a su casa, se encontraba allí con una corona de yerba, acompañada de los siguientes versos:
"manda Herodes a su gente que quien preste en este día, lo pierda por Inocente"
Con esta formula, el que ignoraba esta costumbre extravagante, o se olvidaba del día que era, quedaba robado, de la manera mas tonta y sin reclamo de ninguna especie.
Origen
La celebración del día de los Inocentes es una tradición que tiene los orígenes en la leyenda de la matanza de niños que ordenó el rey Herodes con el objetivo de asesinar al Niño Jesús. También, esta fiesta popular tiene un origen pagano que nació en la Edad Media, cuando durante este día, preludio del Carnaval, el desenfreno y el jolgorio eran los protagonistas, ya que todo estaba permitido y la culpa no recaía en nadie. Hoy en día, la fiesta tiene un sentido pagano, en el que las personas se hacen bromas y engaños. Este día también es costumbre que los medios de comunicación publiquen una noticia falsa e inverosímil, que los lectores tienen que averiguar. Al día siguiente, los medios de comunicación desvelan cuál era la noticia errónea.
Las Fiestas Patrias del Perú
son las celebraciones nacionales anuales que celebran la Independencia del Perú
después del dominio de España.
Constan oficialmente de dos
días:
1. El 28 de julio, en conmemoración a la declaratoria de Independencia en Lima por
parte de don José de San Martín (el acta se firmó el 15 de julio de 1821).
2. El29 de julio, en honor a las Fuerzas Armadas de la República del Perú y a la
Policía Nacional del Perú.
Las celebraciones de Fiestas
Patrias coinciden con la semana de vacaciones por parte de las escuelas y
algunas instituciones. Junto a la Navidad, las Fiestas Patrias significan la
mayor y principal celebración del año y es usual que los comercios generen
tantas ganancias como en el mes de diciembre.
El turismo interno y externo
crece especialmente en estas fiestas ya que con los feriados, la gente suele
visitar diversas zonas turísticas del Perú y ser parte de estas celebraciones.
Cabe destacar que durante el siglo XIX, las fechas conmemorativas más importantes
eran el 28 de julio (Declaración de la Independencia), el 9 de diciembre
(Batalla de Ayacucho) y la fecha de cambio de mando presidencial.
El día 29 de julio
Primera Brigada de Fuerzas
Especiales durante la Gran Parada Militar de 2016.
El día 29 de julio, las
celebraciones son realizadas en la mayoría durante la mañana, aunque las
celebraciones propias se realizan durante la tarde.
Gran Parada Militar
En la ceremonia participan
las Fuerzas Armadas de la República del Perú y la Policía Nacional del Perú. A
lo largo de la Av. Brasil, se instalan palcos con toldos de color rojo y
blanco, en alusión a los colores patrios. Durante la ceremonia desfilan
representantes de las tres Armadas y la Policía Nacional, junto con los
invitados.
Cada institución castrense
es acompañada por su respectiva banda. En esta ceremonia se muestra parte del
material bélico del Perú, aunque los armamentos más especializados no son
mostrados como política de Defensa. El personal desplegado es mínimo y la
seguridad extrema.
Bueno, ha llegado el momento, el momento esperado siglo y medio, para que de la antigua vasija de mi canto extraiga este grito de barro estremecido. ¡Viva el Perú Carajo!
Vivan las espumosas olas, sobre las que llegó la historia de Dios en totoras y velas desafiantes. El océano largo y submarino de infinitos profundos habitantes. El voluptuoso cetáceo, las gaviotas, las algas, el bonito y el humilde guanay que ha digerido a millones de libras esterlinas Este es mi mar, mis islas, mis arenas, mis remos, mis atardeceres y mis redes. ¡Viva el Perú Carajo!
Viva este monumento de piedras levantado sobre cimas de la eternidad donde el tiempo no se atreve a morir. Viva esta huaca donde anduvo la raza de los viejos abuelos, abuelos a su vez de ocho millones de serranos, que quedan allá arriba, prendidos en las cumbres; y aquí abajo, servidumbre barata de las casas de Lima, mozos del mayorista, ebrias, turbias, postergadas gentes de las barriadas, emolienteros, vendedores de fruta, carretilleros, públicos sudorosos de los coliseos, chimpunes, driles y camisas de mugre. ¡Viva el Perú Carajo!
Este río es peruano, y es su cuna, una huraña fuente enclavada en la cumbre que vacía y llena el hechizo del cielo, gota a gota o en tempestuosas lluvias. Viene en su lecho con limos y polvos minerales, sembrando valles, preñando y alumbrando padre y madre a la vez la vida de los hombres y de las plantas. Los animales, las aves y los peces, Indios, mariposas, cholos, blancos, negros, leche, rosas, todo, todo lo siembra el río, que bajó desde la nube con fuerza creadora. ¡Viva el Perú Carajo!
Viva esta selva sembrada por el propio Señor, una fresca mañana cuando pasó el diluvio, el día que sus dedos, modelaron su mejor creación sobre el Planeta. Aquí la fuerza desata un huracán de lluvias y de orquídeas, llanuras de verdor cubren la tierra donde se enroscan rios y serpientes. Vuelan los guacamayos, parlotean los monos trapecistas mientras, río arriba surca una canoa en la que van amándose Carlos Rumichi y su María, seguros de que el río ha de traerles junto a la cesta de peces, el hijo prometido. Viva el hombre peruano, al que no espanta la dura geografía que Dios nos entregó como instrumento; sobre las conmociones cataclísmicas que agitan los cimientos de los mares y la Tierra. Sembramos, desafiando terremotos, nuevas ciudades, nuevas casas, las riegan las lágrimas transidas de las viejas, de los huérfanos niños, de los hombres. Ja, ja, ja, ja, ja, ja Nosotros somos súbditos del temblor y el terremoto. ¡Viva el Perú Carajo!
También al huayco, a las inundaciones, las sequías, les sabemos su cara de miseria. Sus derrumbes, sus vértigos de sangre, les conocemos desde viejas edades. Y para todas esas camaradas desdichas, hay un Pedro Quispe y una Juana Flores, que a fuerza de coraje, de sudor, de esperanza, han atrapado un rayo enfurecido entre sus manos y lo han hecho una estera de amor, un duro adobe, ladrillo rojo, una vivienda rústica, una torre; el perfil majestuoso de una iglesia, un pueblo, una ciudad y una costa o una sierra de continuadas urbes que se levantan y caen sin miedo a nada: ¡Viva el Perú Carajo!
Para Sujchi, comunero, es este canto, este fuerte carajo enternecido para sus caminos vecinales y su escuelita de tejas, donde el hijo aprenderá qué es el Perú. Vivan los artesanos, los mineros, los duros labradores que no moran en Lima que han hecho de la Luna, un lamparín de esquivo kerosene, encendido en el techo de los cielos.
Viva el hombre de chullo que solo come camote y charqui bebe jarros de chicha, repletos de tristeza. Viva su poncho rojo, sus cansadas ojotas, su lánguido charango, las ubres de sus cabras; el seno prieto y duro de sus cholas, su leche tibia, llena de amor y vida. ¡Viva el Perú Carajo!
Para Aurelio Celada, caporal de la hacienda costeña, es este canto de carbón y uva negra como el mejor color de su pellejo. Para el duro trajín que le reclama músculos de antracita, firmes muslos para sus grilletes vencidos, sus leyendas de arcángeles, zambos, guitarristas, marcadores de punta, centro foward, soldadores de gallos, cinturas de alcatraz y cajoneros. Ja, ja. ja, ja, ja, ja… ¡Viva el Perú Carajo! jo, jo, jo, jo, jo, jo…
Para tirar un carajo por mi patria, he pedido prestada su cristina de dril a mi hijo Alberto y en la hebra de luz de un blanco cabello de mi finada madre, lanzo un sonoro grito que me nace de las venas, con estruendo de vida, clarinada del alba al cielo puro. Para tirar un carajo por mi patria, he levantado en sedición a las palomas, garras de cóndores son ahora sus patas, otrora delicado pistilo hoy convertido en lanza. Este niño que toca una corneta en los desfiles de julio, es Juan Mariño, es hijo de la estera, del barro y de la caña brava. Es Juan Mariño, hijo de la barriada sobrino del triciclo, primo del anticucho. Sobre el lomo del cerro tirita frígido, tiene hambre, en las manos y en las tripas y aunque sólo es dueño de su uniforme comando, es Juan Mariño, el que toca una corneta en los desfiles de julio. Para tirar un Carajo por mi patria, préstame Juan Mariño la trompeta, tu trompeta de bronce retumbante, quiero lanzarle al mundo un coro de trompetas. ¡Viva el Perú Carajo!
¡Oh! río huraño. ¡Oh! seca pampa, ¡Oh! larga costa, ¡Oh! Huascarán, Huandoy, nieves eternas. ¡Oh! tranquilo molusco, cactus, piedras, qenqo, Sacsayhuamán, Chavín, piedra de siglos. ¡Oh! poncho, lampa, flecha, choclo, nube, gaviota, prestadme vuestras voces de siglos para inundar de amor todo el paisaje ¡Viva el Perú Carajo!
Amo esta dura arcilla, amo este crisantemo y sigo enamorado del olor del romero. Porque estas cosas viejas, conciertos de canarios, cuadernos de dibujo, helechos y retratos esfumados no conduelen mi vida, sino al contrario, alientan las sudadas camisas de mi paso y en la beligerancia de todas las batallas afírmase este grito: ¡Viva el Perú Carajo!
¡Viva el Perú!, mi patria, sobre todo este rectángulo que es mi única propiedad sobre la tierra, donde los huesos de mi madre dicen aun sus rezos preferidos, sus preocupaciones. ¡Viva el Perú!, mi patria, la de mi hijo, de mis amigos buenos, la mujer que me ama, mi provincia, mi derruida casa. Y cuando los diarios digan: el Perú perdió en fútbol, el Perú país pobre, vino otro terremoto, se secaron los ríos, se enlodan los políticos, bajó el sol, se perdió la cosecha, repicaremos desde el fondo de los huesos, el grito poderoso de los hombres de esta tierra, cargada de coraje y de optimismo para decir; como si arrojáramos balas: ¡Viva el Perú Carajo!¡Viva el Perú Carajo! ¡Viva el Perú Carajo! ¡Viva el Perú Carajo! ¡Viva el Perú Carajoooooooo!