El nombre del Perú no significa, pues, ni río, ni valle, ni orón o troje y mucho menos es derivación de Ophir. No es palabra quechua ni caribe, sino indohispana o mestiza. No tiene explicación en lengua castellana, ni tampoco en la antillana, ni en la lengua general de los Incas, como lo atestiguan Garcilaso y su propia fonética enfática, que lleva una entraña india invadida por la sonoridad castellana.
Las Fiestas Patrias del Perú
son las celebraciones nacionales anuales que celebran la Independencia del Perú
después del dominio de España.
Constan oficialmente de dos
días:
1. El 28 de julio, en conmemoración a la declaratoria de Independencia en Lima por
parte de don José de San Martín (el acta se firmó el 15 de julio de 1821).
2. El29 de julio, en honor a las Fuerzas Armadas de la República del Perú y a la
Policía Nacional del Perú.
Las celebraciones de Fiestas
Patrias coinciden con la semana de vacaciones por parte de las escuelas y
algunas instituciones. Junto a la Navidad, las Fiestas Patrias significan la
mayor y principal celebración del año y es usual que los comercios generen
tantas ganancias como en el mes de diciembre.
El turismo interno y externo
crece especialmente en estas fiestas ya que con los feriados, la gente suele
visitar diversas zonas turísticas del Perú y ser parte de estas celebraciones.
Cabe destacar que durante el siglo XIX, las fechas conmemorativas más importantes
eran el 28 de julio (Declaración de la Independencia), el 9 de diciembre
(Batalla de Ayacucho) y la fecha de cambio de mando presidencial.
El día 29 de julio
Primera Brigada de Fuerzas
Especiales durante la Gran Parada Militar de 2016.
El día 29 de julio, las
celebraciones son realizadas en la mayoría durante la mañana, aunque las
celebraciones propias se realizan durante la tarde.
Gran Parada Militar
En la ceremonia participan
las Fuerzas Armadas de la República del Perú y la Policía Nacional del Perú. A
lo largo de la Av. Brasil, se instalan palcos con toldos de color rojo y
blanco, en alusión a los colores patrios. Durante la ceremonia desfilan
representantes de las tres Armadas y la Policía Nacional, junto con los
invitados.
Cada institución castrense
es acompañada por su respectiva banda. En esta ceremonia se muestra parte del
material bélico del Perú, aunque los armamentos más especializados no son
mostrados como política de Defensa. El personal desplegado es mínimo y la
seguridad extrema.
Bueno, ha llegado el momento, el momento esperado siglo y medio, para que de la antigua vasija de mi canto extraiga este grito de barro estremecido. ¡Viva el Perú Carajo!
Vivan las espumosas olas, sobre las que llegó la historia de Dios en totoras y velas desafiantes. El océano largo y submarino de infinitos profundos habitantes. El voluptuoso cetáceo, las gaviotas, las algas, el bonito y el humilde guanay que ha digerido a millones de libras esterlinas Este es mi mar, mis islas, mis arenas, mis remos, mis atardeceres y mis redes. ¡Viva el Perú Carajo!
Viva este monumento de piedras levantado sobre cimas de la eternidad donde el tiempo no se atreve a morir. Viva esta huaca donde anduvo la raza de los viejos abuelos, abuelos a su vez de ocho millones de serranos, que quedan allá arriba, prendidos en las cumbres; y aquí abajo, servidumbre barata de las casas de Lima, mozos del mayorista, ebrias, turbias, postergadas gentes de las barriadas, emolienteros, vendedores de fruta, carretilleros, públicos sudorosos de los coliseos, chimpunes, driles y camisas de mugre. ¡Viva el Perú Carajo!
Este río es peruano, y es su cuna, una huraña fuente enclavada en la cumbre que vacía y llena el hechizo del cielo, gota a gota o en tempestuosas lluvias. Viene en su lecho con limos y polvos minerales, sembrando valles, preñando y alumbrando padre y madre a la vez la vida de los hombres y de las plantas. Los animales, las aves y los peces, Indios, mariposas, cholos, blancos, negros, leche, rosas, todo, todo lo siembra el río, que bajó desde la nube con fuerza creadora. ¡Viva el Perú Carajo!
Viva esta selva sembrada por el propio Señor, una fresca mañana cuando pasó el diluvio, el día que sus dedos, modelaron su mejor creación sobre el Planeta. Aquí la fuerza desata un huracán de lluvias y de orquídeas, llanuras de verdor cubren la tierra donde se enroscan rios y serpientes. Vuelan los guacamayos, parlotean los monos trapecistas mientras, río arriba surca una canoa en la que van amándose Carlos Rumichi y su María, seguros de que el río ha de traerles junto a la cesta de peces, el hijo prometido. Viva el hombre peruano, al que no espanta la dura geografía que Dios nos entregó como instrumento; sobre las conmociones cataclísmicas que agitan los cimientos de los mares y la Tierra. Sembramos, desafiando terremotos, nuevas ciudades, nuevas casas, las riegan las lágrimas transidas de las viejas, de los huérfanos niños, de los hombres. Ja, ja, ja, ja, ja, ja Nosotros somos súbditos del temblor y el terremoto. ¡Viva el Perú Carajo!
También al huayco, a las inundaciones, las sequías, les sabemos su cara de miseria. Sus derrumbes, sus vértigos de sangre, les conocemos desde viejas edades. Y para todas esas camaradas desdichas, hay un Pedro Quispe y una Juana Flores, que a fuerza de coraje, de sudor, de esperanza, han atrapado un rayo enfurecido entre sus manos y lo han hecho una estera de amor, un duro adobe, ladrillo rojo, una vivienda rústica, una torre; el perfil majestuoso de una iglesia, un pueblo, una ciudad y una costa o una sierra de continuadas urbes que se levantan y caen sin miedo a nada: ¡Viva el Perú Carajo!
Para Sujchi, comunero, es este canto, este fuerte carajo enternecido para sus caminos vecinales y su escuelita de tejas, donde el hijo aprenderá qué es el Perú. Vivan los artesanos, los mineros, los duros labradores que no moran en Lima que han hecho de la Luna, un lamparín de esquivo kerosene, encendido en el techo de los cielos.
Viva el hombre de chullo que solo come camote y charqui bebe jarros de chicha, repletos de tristeza. Viva su poncho rojo, sus cansadas ojotas, su lánguido charango, las ubres de sus cabras; el seno prieto y duro de sus cholas, su leche tibia, llena de amor y vida. ¡Viva el Perú Carajo!
Para Aurelio Celada, caporal de la hacienda costeña, es este canto de carbón y uva negra como el mejor color de su pellejo. Para el duro trajín que le reclama músculos de antracita, firmes muslos para sus grilletes vencidos, sus leyendas de arcángeles, zambos, guitarristas, marcadores de punta, centro foward, soldadores de gallos, cinturas de alcatraz y cajoneros. Ja, ja. ja, ja, ja, ja… ¡Viva el Perú Carajo! jo, jo, jo, jo, jo, jo…
Para tirar un carajo por mi patria, he pedido prestada su cristina de dril a mi hijo Alberto y en la hebra de luz de un blanco cabello de mi finada madre, lanzo un sonoro grito que me nace de las venas, con estruendo de vida, clarinada del alba al cielo puro. Para tirar un carajo por mi patria, he levantado en sedición a las palomas, garras de cóndores son ahora sus patas, otrora delicado pistilo hoy convertido en lanza. Este niño que toca una corneta en los desfiles de julio, es Juan Mariño, es hijo de la estera, del barro y de la caña brava. Es Juan Mariño, hijo de la barriada sobrino del triciclo, primo del anticucho. Sobre el lomo del cerro tirita frígido, tiene hambre, en las manos y en las tripas y aunque sólo es dueño de su uniforme comando, es Juan Mariño, el que toca una corneta en los desfiles de julio. Para tirar un Carajo por mi patria, préstame Juan Mariño la trompeta, tu trompeta de bronce retumbante, quiero lanzarle al mundo un coro de trompetas. ¡Viva el Perú Carajo!
¡Oh! río huraño. ¡Oh! seca pampa, ¡Oh! larga costa, ¡Oh! Huascarán, Huandoy, nieves eternas. ¡Oh! tranquilo molusco, cactus, piedras, qenqo, Sacsayhuamán, Chavín, piedra de siglos. ¡Oh! poncho, lampa, flecha, choclo, nube, gaviota, prestadme vuestras voces de siglos para inundar de amor todo el paisaje ¡Viva el Perú Carajo!
Amo esta dura arcilla, amo este crisantemo y sigo enamorado del olor del romero. Porque estas cosas viejas, conciertos de canarios, cuadernos de dibujo, helechos y retratos esfumados no conduelen mi vida, sino al contrario, alientan las sudadas camisas de mi paso y en la beligerancia de todas las batallas afírmase este grito: ¡Viva el Perú Carajo!
¡Viva el Perú!, mi patria, sobre todo este rectángulo que es mi única propiedad sobre la tierra, donde los huesos de mi madre dicen aun sus rezos preferidos, sus preocupaciones. ¡Viva el Perú!, mi patria, la de mi hijo, de mis amigos buenos, la mujer que me ama, mi provincia, mi derruida casa. Y cuando los diarios digan: el Perú perdió en fútbol, el Perú país pobre, vino otro terremoto, se secaron los ríos, se enlodan los políticos, bajó el sol, se perdió la cosecha, repicaremos desde el fondo de los huesos, el grito poderoso de los hombres de esta tierra, cargada de coraje y de optimismo para decir; como si arrojáramos balas: ¡Viva el Perú Carajo!¡Viva el Perú Carajo! ¡Viva el Perú Carajo! ¡Viva el Perú Carajo! ¡Viva el Perú Carajoooooooo!
El Campo de Marte, un pequeño pulmón ecológico de la ciudad de Lima ubicado en el distrito de Jesús María, no siempre lució como ahora lo conocemos. Hasta el año de 1940, existió en toda esa zona que correspondía a Santa Beatriz, (Antigua Hacienda del mismo nombre); una laguna alimentada por el canal que se originaba en el Río Huatica.
Muchas huacas se encontraban ubicadas en la zona; una de las cuales era conocida como “La Guaca Grande”, descrita en documentos de los jesuitas expulsados en septiembre de 1767. Hoy esa zona la ocupa el Hospital del Seguro Social.
El Río Huatica también conocido como Acequia de la Ciudad o Acequia de Santa Clara, se origina en la ribera norte del río Rímac. Este canal fue usado presumiblemente desde el año 1000 d.C. por los curacas locales para fertilizar las tierras en las que 500 años después se fundaría la Ciudad de Lima. Regaba los campos limitados entre los que es hoy Maranga y Surco-Ate a través de una red de 17 acequias menores que luego desembocaban en los acantilados de la actual Marbella. Tanto la acequia como el estanque eran de origen prehispánico y fueron desapareciendo a medida que la zona se fue urbanizando.
Santa Beatriz tuvo varios dueños desde 1767. Para 1872, muchos de sus terrenos fueron expropiados, donde paulatínamente se fueron construyendo: el Parque de la Exposición, el Palacio de la Exposición, el Parque de La Reserva, el Hipódromo de Santa Beatriz, el Hipódromo de Santa Beatriz, el Estadio Nacional, el Lawn Tennis de la Exposición, el Campo de Marte, etc.
La Laguna
El año 1767, cuando los jesuitas fueron expulsados por el Virrey Amat y sus propiedades pasaron a la Real Audiencia, al hacer un inventario de las propiedades, se encontró un documento que describía: "un estanque grande... que mira al costado de la Huerta de Matamandinga, con un pedazo de tajamar de cal y ladrillo y una acequia del mismo que viene de la entrada del agua que pasa por una alcantarilla que corre... hasta entrar en dicho estanque que tiene dos bocas de cal y ladrillo, y una de ellas con su compuerta de madera nueva y una puerta... de donde se sigue su cerca doble de tapia y adobe corriente...".
El canal o acequia que se originaba en el Río Huatica, atravesaba 28 de Julio por una "alcantarilla" transitable, para luego seguir hasta desembocar en un espacio, que se extendía en lo que actualmente constituye la parte central del Campo de Marte.
Muchas
veces se repiten constantemente datos errados que al final terminan siendo
dados por certeros. Son muchas las cosas que se dicen de lugares, de objetos,
de personas, que sin ser veraces la gente termina aceptándolas. Como se dice,
mas fácil es repetir que investigar. En este breve artículo repasaré algunos
que se ven y escuchan en las calles de nuestra vieja ciudad.
El "Puente Trujillo"
Entre
el centro de Lima y el distrito del Rímac hay varios puentes que los unen. De
este a oeste tenemos el puente Balta; luego el puente Ricardo Palma que es la
continuación de la avenida Abancay. Luego el Puente de Piedra, llamado también
"puente Trujillo"; el puente "Rayo de Sol" que es peatonal,
y finalmente el puente Santa Rosa.
Respecto
al puente llamado "Trujillo", es un error llamarlo por este nombre,
ya que su nombre real es Puente de Piedra, y con más de 400 años de antigüedad
merece que sea llamado así siempre. Quizá el error se originó hace algunos años
cuando de este puente había una escalera que bajaba hacia un paradero en la Vía
de Evitamiento. Los usuarios y transportistas usaban para tal paradero el
nombre de la vía más cercana que era el jirón Trujillo del Rímac, y por
extensión empezaron a llamar así al paradero y al puente.
Las
autoridades locales, deberían ser los primeros en realzar los nombres
originales de cada lugar, para así mantener la historia y la memoria de la
ciudad. Lamentablemente hasta algunos alcaldes cayeron en este error histórico
de denominación y hasta validaron con placas tamaño equivoco...
El Mirador de Ingunza
Ubicado
en el distrito del Rímac al lado de la Plaza de Toros de Acho existe un antiguo
mirador conocido como "Mirador de Ingunza" y el cual la tradición
cuenta, que un rico y orgulloso español mandó construir para no tener que
asistir en persona a las corridas de toros, del cual era muy aficionado, para
no tener que inclinarse ante la llegada del Virrey Amat, con el cual había
tenido una fuerte rencilla. Así, cómodamente desde su mirador no se perdía
ninguna de las corridas.
Pero
lo cierto es que este mirador fue construido muchísimos años después de la
muerte de Amat, no es del periodo virreinal, sino más bien fue construido por
el Sr. Don Francisco Ingunza y Basualdo el año 1858. El encargado de ejecutar
la obra fue el constructor francés Paul Nicolás Chalón.
La bandera del Tahuantinsuyo
Hablo
de este símbolo del imperio andino -que se extendió por una gran extensión
territorial en nuestro continente-, porque es común ver esta bandera flameando
en varios edificios de gobierno en nuestra ciudad, dándole de este modo la
categoría de "oficial".
Pero
según varios investigadores e historiadores, entre ellos Maria Rostorowski, se
indica que la bandera como tal no se conocía en el imperio incaico, sino más
bien se usaba una especie de estandarte imperial, llamado “unancha” y que podía
ser de diferentes colores, según lo que escogiera el gobernante de turno.
Entonces, ¿De dónde salió esta historia de que
el imperio incaico tenía una bandera y que además había que exhibirla en los
edificios públicos?. La bandera que se asume es del imperio incaico fue creada
en el año 1973, y tuvo como gestor a un locutor radial de Radio Tawantinsuyo en
el Cusco, que convocó a sus oyentes a dar ideas para adoptar un emblema como
recuerdo de sus antepasados. Así nació esta bandera de 7 franjas de colores
como el Arco iris, y en 1978 la Municipalidad del Cusco decide adoptarla como
bandera oficial de ese departamento. Como curiosidad, cabe indicar que precisamente
ese mismo año de 1978, en San Francisco, USA, la comunidad gay adoptó como
emblema oficial una bandera muy parecida, pero con solo 6 colores.
La Quinta de la Perricholi
En
el Rímac existe un hermoso edificio de estilo rococó francés, que data del
siglo XVIII y que fue conocido y hasta hoy muchos la relacionan, como el
"palacio de la Perricholi". La Perricholi, o doña Micaela Villegas,
fue un personaje del siglo XVIII, quien tuvo amoríos con el Virrey Manuel de
Amat y Juniet, que fue un escándalo en la sociedad limeña de la época. Se dice
que para huir de las miradas inquisidoras de la sociedad de entonces, ellos se
iban a retirados lugares alejados del centro de la ciudad, para dar rienda
suelta a su amor prohibido. Parece la trama perfecta de una novela, como muchas
que se han hecho desde entonces.
Sin
embargo, doña Micaela nunca pisó este lugar, ya que el sitio donde ellos solían
encontrarse, fue en la Quinta del Prado, ubicado en el corazón de lo que hoy es
los Barrios Altos de Lima. Mientras Amat gobernaba, Micaela vivía en su casa de
la calle del Huevo (actual avenida Tacna), y recién cuando Amat regresa a
España tras terminar su gobierno, ella empieza a ocupar su mansión frente a la
Alameda de los Descalzos. Cuando se casa con Vicente Echarri, su padrino de
bodas le obsequia un rancho en Chorrillos. Entre estos lugares mencionados
transcurrió la vida de este celebre limeña. Pero nunca en esta hermosa quinta
rococó del Rímac.
La
historia al parecer empezó a circular cuando en este edificio se instaló el
flamante Museo del Virreinato en las primeras décadas del siglo XX, y siendo un
personaje tan famoso y relacionado a este periodo de boato y derroche, se le
puso el nombre de "Palacio de la Perricholi", otro error que con el
paso de los años y siendo repetido constantemente. Compilado
La Quinta
Heeren es el arquetipo de la Lima Antigua y de pasado esplendoroso de la Ciudad
Jardín…
Construida en
la cuadra 12 del Jr. Junín (Barrios Altos) por el ingeniero alemán, Óscar
Augusto Heeren, con un obvio estilo austro-húngaro a mediados del Siglo XIX,
está conformada por una plazuela, callecitas, primorosos jardines con jarrones
y esculturas de mármol.
Era tan
cotizado el bucólico rincón que Japón, Bélgica, Alemania, Francia y Estados
Unidos pusieron sus embajadas allí…
Pero un día
todo cambió…después de la Guerra con Chile, la Quinta Heeren supo capear el
temporal y sobrevivió con su candorosa existencia hasta que en 1928 se le
ocurrió a uno de sus vecinos, al empresario japonés Seiguma Kitsutani,
suicidarse haciéndose harakiri…
Ello marcó del
ocaso y finalmente la Quinta Heeren pasó de ser un barrio exclusivo a ser un
macabro conjunto habitacional donde se escuchan voces macabras y diabólicas
durante las noches y epicentro de la mayor actividad paranormal en Lima…es
decir, un barrio de almas en pena…
Mi parecer
personal es que dicha quinta se maldijo desde el nombre…
El hermano de
su constructor fue el comerciante Arturo Heeren, nacido en Hamburgo (Alemania)
en 1844, quien se enamoró de la hermana de Carlos González Candamo Iriarte, ex
director del Banco Anglo Peruano; socio de la inglesa Peruvian Guano Company
Limited; y embajador del Perú en Francia y Gran Bretaña.
El hamburgués
logró casarse con Virginia Candamo, y radicar en Europa…Allí él y su cuñado
hacen negocios con la casa comercial Raphael e hijos en Londres, y juntos en
1876, lograron a través de un emisario en Lima, traer al entonces candidato
presidencial general Mariano Ignacio Prado a Inglaterra donde lo premiaron con
numerosas gollerías…
En junio de
1876, un nuevo contrato para la venta de 1,9 millones de toneladas de guano, se
firmó entre el ahora presidente del Perú, el general Prado, y Carlos González
Candamo y Arturo Heeren…
El convenio
estableció que a cambio del guano, el Perú recibiría un total de 700 mil libras
esterlinas, en cuotas mensuales, de la nueva consignataria The Peruvian Guano
Company, formada para aquella ocasión por Rafael, Candamo y Heeren…
González
Candamo y Heeren obtuvieron 2 ½ % de comisión por las ventas de guano, 5% por
los adelantos hechos al gobierno, la tasa de 3 libras y 10 chelines por flete
(transporte) por cada tonelada de guano de Perú a Europa, y 10 chelines por el
costo de embarque…
Por flete y
embarque, Candamo y cuñado cobraron 3 o 4 veces más de la tarifa regular…es
decir, una sobrevaluación a mano armada….
La ex
consignataria Casa Dreyfus empezó entonces una guerra judicial contra el
gobierno peruano, mientras la Peruvian Guano Company de Candamo y Heeren
iniciaban el festín del negociado con Prado, a sólo 4 años de la Guerra con
Chile…
En enero de
1879, la Peruvian Guano Company dejó de cubrir por 2ª vez y unilateralmente el
servicio de la deuda externa (ya que los depósitos de guano fósil fueron
acaparados por Dreyfus, siendo los más cotizados), desfinanciando aún ya
quebrado Estado Peruano a tan sólo 4 meses de una guerra exterior.
Y si podía
haber algo aún peor…la Peruvian Guano Company en pleno conflicto con Chile,
prefirió tratar directamente con el enemigo, juntamente con un comité de
tenedores ingleses de bonos de la deuda peruana…
Heeren murió
en San Sebastián de Guipúzcoa (España) en 1921…Candamo Iriarte murió en algún
lugar hasta hoy desconocido…su hermano Manuel llegó a ser presidente del Perú
en 1903 pero murió en 1907, antes de culminar su periodo…Ello cerró con broche
de barro el ciclo vicioso de la corrupción del guano, iniciado en 1842, boyante
en 1860 e inicios de la década de 1870, costándole en ingresos al Estado
Peruano 108 millones de soles, el promedio anual más alto de 1821 a 1899…
Es decir, la
corrupción guanera le costó a la Patria un 4,6% de su Producto Bruto Interno
(el índice más alto de todo el Siglo XIX) el cual se fue a los bolsillos de
entre otros, a los de Candamo y Heeren, en lugar de financiar escuelas, caminos
y hospitales o finalmente, financiar un ejército y una armada lo
suficientemente poderosa que hubiera evitado la tragedia de 1879…
Por ello, es
mi parecer, la Quinta Heeren está maldita desde su nombre…
Pedro José Cama Calderón
(Fuentes: “Historia de la
corrupción en el Perú”. Alfonso W. Quiroz. 2013; “Mariano Ignacio Prado:
general de división del ejército chileno y ladrón del Perú”. César Vásquez
Bazán en Cavb.blogspot.pe y “El suicidio del señor Kitsutani en la Quinta
Heeren”. Pamela Loli para Elcomercio.pe).
(Foto: La Quinta Heeren en
la década de 1930. Cuenta de Sección Audiovisuales Biblioteca Central-PUCP en
Flickr.com)…
(Imagen: Postal de 1908 de la Plazuela de Desamparados…a la espalda, Palacio de Gobierno y quizás el balconcito de Amat para chispear frailes...En Skyscrapercity.com)…
En nuestros tiempos las cosas políticas se manejan de manera “light”, con guantes de seda en comparación con los días que dictaban las leyes virreyes y audiencias en nuestra vieja ciudad…
Por ejemplo, que un arzobispo hable contra unos candidatos presidenciales, hoy es noticia que escandaliza a lo sumo un día y listo, se cierra el libro…pero en los tiempos del virrey catalán Manuel Amat y Juniet, quien según don Ricardo Palma tenía el hobby de meter en vereda las excesiva gollerías de los curas y frailes limeños, el mentado monseñor ya estaría pidiendo asilo…
Amat y Juniet, quien moralmente era lo más lejano a un santo, ordenó a todo cristiano vestido de sotana a reformar sus costumbres (que se habían disipado al extremo en aquel año de 1768) y a seguir a pie juntilla el Evangelio…
Llegó a tal extremo su iniciativa que hizo construir el balcón de Palacio que daba a la Plazuela de Desamparados, para espiar a los frailes que andaban en malos pasos por los barrios de Abajo el Puente (hoy distrito del Rímac), llegando a pasar horas escondido tras sus celosías…
Mayor ojeriza tenía Amat contra los frailes mercedarios (sabrá el diablo porqué), que cuando veía uno cruzársele en la calle, murmuraba “¡Buen blanco!”…y así siempre hasta que uno de su corte se atrevió a preguntarle si hablaba de la calidad de la tela de los hábitos de aquellos y el virrey más popular de la Historia del Perú respondió a la criolla: “¡Buen blanco, buen blanco…para una bala de cañón!”…
Desde mediados del siglo XIX, en que la inmigración china empieza oficialmente en el Perú, los primeros culíes que terminaban sus contratas toman la decisión de asentarse en torno al Mercado Central de Lima.
Los primeros pobladores
chinos de la zona querían establecer comercios o negocios cercanos al mercado
que les permitieran subsistir en su nueva patria. Como muchos de ellos se
habían desempeñado como cocineros (siguiendo la tradición china de ser el varón
el que cocina) y algunos habían trabajado con familias acomodadas para ejercer
este oficio en residencias limeñas, no fue raro que comenzaran a abrir pequeñas
fondas en donde expendía comida china adaptada al paladar peruano. Ese fue el
inicio del “chifa”.
En esos pequeños negocios no
solo se recrearon platillos chinos, como el célebre arroz chaufa, sino que se
crearon potajes que hoy son emblemas nacionales, como el lomo saltado, que
tiene sus orígenes en el “lomo revuelto con verduras chinas” pero elaborado con
productos peruanos.
Hacia 1890 cronistas como el
alemán Ernest W. Middendorf, aseguran que era impresionante ver la cantidad de
tiendas chinas que poseía Lima, y cuyo mayor atractivo era el tener precios más
baratos que los de sus competidores. También habla sobre los entonces
incipientes restaurantes de comida china, que a pesar de ser “una comida de
raros olores y muy colorida” ya comenzaba a gozar de la preferencia en el
paladar del público peruano. Charles Wiener, unos años antes, en 1880, había descrito
como él observaba que se estaba instalando “una pequeña China en Lima”.
Por esos años la calle Capón
no era solamente la cuadra siete del jirón Ucayali, sino que también comprendía
la actual cuadra seis (frente al Mercado Central). El barrio chino en la
actualidad comprende las calles Paruro (8, 9, 10 y 12), Junín (11 y 12),
Andahuaylas (6 y 7), Miró Quesada (cuadras 7 y 8), Huallaga (cuadra 7), Ucayali
(6 y 7), Huanta (cuadra 9). En estos lugares se encuentra la mayor parte de los
negocios, asociaciones y templos de la colonia china.
Cuando Miguel de Santiago volvió a aspirar el aire libre de la ciudad natal, su espíritu era ya presa del ascetismo de su siglo. Una idea abrasaba su cerebro: trasladar al lienzo la suprema agonía de Cristo. Muchas veces se puso a la obra; pero, descontento de la ejecución, arrojaba la paleta y rompía el lienzo. Mas no por esto desmayaba en su idea. La fiebre de la inspiración lo devoraba; y sin embargo, su pincel era rebelde para obedecer a tan poderosa inteligencia y a tan decidida voluntad. Pero el genio encuentra el medio de salir triunfador. Entre los discípulos que frecuentaban el taller hallábase un joven de bellísima figura. Miguel creyó ver en él el modelo que necesitaba para llevar a cumplida realización su pensamiento.
Hízolo desnudar, y colocólo en una cruz de madera. La actitud nada tenía de agradable ni de cómoda. Sin embargo, en el rostro del joven se dibujaba una ligera sonrisa. Pero el artista no buscaba la expresión de la complacencia o del indiferentismo, sino la de la angustia y el dolor.
- ¿Sufres? Preguntaba con frecuencia a su discípulo.
- No, maestro -contestaba el joven, sonriendo tranquilamente.
De repente Miguel de Santiago, con los ojos fuera de sus órbitas, erizado el cabello y lanzando una horrible imprecación, atravesó con una lanza el costado del mancebo. Éste arrojó un gemido y empezaron a reflejarse en su rostro las convulsiones de la agonía.
Y Miguel de Santiago, en el delirio de la inspiración, con la locura fanática del arte, copiaba la mortal congoja; y su pincel, rápido como el pensamiento, volaba por el terso lienzo. El moribundo se agitaba, clamaba y retorcía en la cruz; y Santiago, al copiar cada una de sus convulsiones, exclamaba con creciente entusiasmo:
-¡Bien! ¡Bien, maestro Miguel! ¡Bien, muy bien, maestro Miguel!
Por fin el gran artista desata a la víctima; vela ensangrentada y exánime; pásase la mano por la frente como para evocar sus recuerdos, y como quien despierta de un sueño fatigoso, mide toda la enormidad de su crimen y, espantado de sí mismo, arroja la paleta y los pinceles, y huye precipitadamente del taller.
¡El arte lo había arrastrado al crimen! Pero su Cristo de la Agonía estaba terminado.
Éste fue el último cuadro de Miguel de Santiago. Su sobresaliente mérito sirvió de defensa al artista, quien después de largo juicio obtuvo sentencia absolutoria. El cuadro fue llevado a España. ¿Existe aún, o se habrá perdido por la notable incuria peninsular? Lo ignoramos. Miguel de Santiago, atacado desde el día de su crimen artístico de frecuentes alucinaciones cerebrales, falleció en noviembre de 1673, y su sepulcro está al pie del altar de San Miguel en la capilla del Sagrario.
La noche ahora está oscura, es de color azul como el misterioso manto que la envuelve y que es tan inmenso como el silencio que reina alrededor y aunque no está la luna de otros días, ahora solamente escucho que mi corazón se eleva y canta, entonces, dormida como te imagino, yo te escribo. En las alturas de las breñas, el aire frío invade mis pensamientos, hiela mis deseos que no dejan de pensar en ti ¿Qué harás en las tormentas que me impiden verte? ¿La distancia usa a la niebla que en estos momentos nos separa? No lo he sabido todavía pero siento que estás allí, en la esperanza de encontrarte algún día aún cuando yo viva contigo...
Busco entre las estrellas del cielo que todavía puedo ver, tu rostro, tu figura que extraño y tus ojos marrones oscuros porque ante ellos expresaría todo lo que mi pasión enciende pero que ahora debe permanecer callado. No quiero ser visto como el advenedizo que quiere arrancar tus sentimientos porque entonces seré como el guerrero que toma una colina y que no le importa el miedo ni los rezos del labriego. Seré entonces el que embate cubierto de amor con tal de conseguir de tus entrañas, el premio.
Ahora amanece entre las lomas de mi montaña, entre las cúspides donde el ave real vuela en círculos para luego tomar su presa y sin embargo, me pregunto: ¿Será que la lejanía hace crecer la angustia del no saber cuándo podré estrechar mi corazón y el tuyo? No lo sé, tal vez solamente presiento que los vientos que me envuelven, no influencian en mi razón porque a pesar de todo, no dejan de recordarme que entre nosotros existen lazos de amor que pudieran encontrarse. Pero no quisiera que estuvieran en nuestra complicidad, los colores del arco iris del amigo, el que quisieras olvidar a cada instante sino que me gustaría ser como la estela de un cometa que deja el que te ama, en la forma luminosa para que me puedas recordar siempre y yo pueda solazarme en las caricias de tus pechos generosos...
Pero lo nuestro será recordando en el pasado milenario, el de la conquista de los otros reinos tomados por la fuerza y en ocasiones, con inteligencia. Querré arrebatarte de tu estancia segura y llevarte a la cima de mis amores, a la cumbre de lo que siempre soñé para de mi vida sustentarte y contemplar juntos la majestuosidad de mi reino en las altura y veas a ese gran amor que deseo prodigarte. Y así, al pasar el tiempo, en los relatos de la leyenda, entre las historias de mi pueblo, quiero que recuerden siempre el amor de un rey y una princesa. Que se pueda enseñar a otros que no existe amor más grande del que uno pueda respetar y servir al otro, no por su mejor estrella con que nació, sino como el dios Viracocha les enseñó…
La palabra “carajo”, ha llegado a tener un uso
múltiple en todas nuestras sociedades hispanas y puede ser utilizada en muchas
expresiones; inclusive con diferente sentido y según el énfasis que se le de,
determinará su significado. Carajo es la palabra, posiblemente más usada de
nuestra lengua, y aunque los académicos no se han puesto de acuerdo para
definirla, el carajo parece ser indispensable en nuestro diario vocabulario.
Según la Real Academia de la Lengua, “Carajo” era el
nombre que se le puso al espacio ubicado en la parte más alta de los mástiles
de las antiguas carabelas españolas. Era una especie de canasta, que servía
como puesto de observación, desde el cual los vigías oteaban el horizonte en
busca de naves enemigas, puntos de ubicación o lugares hasta donde querían
llegar. Por otro lado, los marinos de aquellas épocas, asociaban al mástil y
dicha canastilla, con el órgano sexual masculino.
En aquel lugar, el más alto del mástil y el más
inestable de la nave, se sentía en mayor magnitud, el movimiento lateral
realizado por un barco de vela, de acuerdo al movimiento del mar. El marino que
era enviado a permanecer como vigía, luego de apenas un par de horas, bajaba
totalmente mareado; lo que era considerado como un duro castigo y servía para
dar escarmiento a quienes cometían alguna infracción a bordo. De ahí parece surgir la expresión: "Váyase al
Carajo", como interjección para expresar un desacuerdo con alguien. Pero
igualmente, también se acuñó otra expresión: "Ese tipo está del Carajo",
cuando algunos marinos, podían permanecer impasibles y tolerar sin mayores
problemas los movimientos del barco, aun ante las peores tempestades. De tal forma, poco a poco esta palabra, se fue
convirtiendo con el tiempo, en toda una institucion por su multiplicidad de
usos, con la que se puede describir posiblemente todo el espectro en el estado
de ánimo del hombre; desde el negativo, hasta el positivo.
"Esto está más bueno que el Carajo". Define
algo muy atractivo o agradable. Pero igualmente si se trata de algo que no nos
agrade, podríamos decir: “Está más malo que el Carajo”.
Si queremos acentuar la mediocridad de alguien muchas
veces decimos: “Es más bruto que el Carajo”; pero a la vez podemos acentuar por
ejemplo, nuestra admiración por una dama y decir: “Está más buena que el
Carajo”.
Si llegamos a una reunión y encontramos buen ambiente,
expresamos: “Carajo, que buen tono” y si por el contrario no nos divertimos,
entonces lanzamos un: “Esto está más aburrido que el Carajo”.
Y así, podríamos seguramente llenar varias páginas,
escribiendo una y otra expresión en la cual vaya incluida la susodicha
palabrita: “Carajo”; pero podríamos dar lugar a que alguien reclamara y dijera:
“Qué carajo es esto”.
En las vacaciones del año 1968, el Parque Fátima de Chorrillos albergaba muchas historias. Antes de los trabajo de la nueva Urbanización se contaba sobre el paso de un río importante entre las chacras, maizales y los campos de cultivo que aun contaban con una incipiente ganadería. Para el tiempo transcurrido, ya existían las nuevas casas y casonas y yo vivía muy cerca de allí. Cuando éramos niños, mi prima y yo tomábamos leche pura de un establo que todavía existía en las inmediaciones de donde nosotros vivíamos próximo a la Escuela Militar. Mi mamá siempre nos la traía de vez en cuando y hasta ahora recuerdo la nata que quedaba en la olla, era la más rica y yo la veía asustado como ella nos servía en una taza grande y al final nos la tomábamos toda en un santiamén. ¡Qué tiempos!
En el barrio, tenía algunos amigos que nunca o casi nunca se les veía salir de su casa pero tampoco me buscaban para ir a jugar. No obstante, pude hacer amistad con niños de mi edad y algunos mayores que yo también que vivían en casas muy modestas en el interior de un callejón y eran tan sencillas como solamente ellas podrían presentarse.
Los vecinos que allí vivían eran amables y emprendedores, pues muy temprano salían a trabajar para el sustento diario de su hijos.. Recuerdo nuestros juegos y juguetes, uno era el famoso trompo pero otro era el carro patín hecho con nuestras propias manos. Dos maderas cruzadas, una pequeña y otra grande, un pabilo a los costados para alinear la dirección y cuatro rodajes bien entornillados colmados del buen aceite para correr. Así se parecían a los bólidos de la Fórmula 1 y que bien pintados parecían rugir en el asfalto. No faltaron los que íbamos a la Bajada de los autos al frente de la playa de Agua Dulce para bajar temerariamente empujados por nuestros copilotos a toda velocidad. Así nacieron las carreras y las competencias a ver quién de nosotros era el campeón. Tal vez se arriesgaba la vida sin ningún premio, tan solo con el solemne orgullo de haber llegado primero.
Luego siguió la famosa "canga" que eran dos palos de escoba viejas, cortados en dos, uno largo y otro pequeño que quien levantaba el más corto y lo hacía volar más lejos, ganaba la competencia. Después venían las bolitas (canicas) de vidrio que se apostaban en el juego de los ñocos (hoyos) en la tierra. Se hacía entre varios y con más de una vuelta para sacar a los competidores, pobres las bolas lecheras y los bolones transparentes, eran los más quiñados pero también las bolas llamadas lecheras eran las más codiciadas.También estaba como decía, el famoso trompo que solo bailaba y zumbaba al mejor de nosotros pero en el juego de la "cocina", donde estaban solo los incautos e inexpertos, terminaban siendo los únicos maltratados porque sus trompos terminaban totalmente rotos y destrozados.
Pero aquél deporte después de nuestro himno nacional, era el fútbol. En el parque, jugábamos descalzos, entre las piedras y la tierra sin gras, a lo macho, al dolor que se aguantaba, a la costumbre de hacerse hombre de esa manera y sin ninguna queja para demostrar. Yo lo aprendí así, apretando mis dientes para que no me duela pero igual. Atrás quedó mi inocencia de jugar bien uniformado en el colegio cuando aquí, solo lo hacíamos vestidos con lo que teníamos puesto. Caminábamos lejos para aprender a jugar y ver los partidos de los mayores. Así llegamos y nos colábamos bajando de los cerros, a la famosa "Cancha de los Muertos", nombre que se le daba a un viejo cementerio a la salida de un túnel donde antiguamente pasaba un tranvía. Se llama todavía "La Herradura" y por allí quedaba la iglesia Sn. Pedro que desapareció por el terremoto de 1970. Ese lugar de muertos se había convertido en un curioso mini estadio de pueblo, allí se hacían los campeonatos de los buenos con equipos invitados de provincias y que venían a Lima a probar suerte. Se jugaba con el corazón, con patadas, maromas y morisquetas amañadas, con la técnica aprendida del momento y sin ningún remordimiento.
Fueron años maravillosos para recordarlos toda una vida, pero fueron los partidos que uno tras otro nos hicieron madurar. En el parque se vivía el partido, cada saque, cada centro tenía que llegar al gol. Éramos los menores que jugábamos con los de 18 años y casi 20. Nadie esperaba algo mejor que una celebración y de pronto, vino un encontrón. Dije, - foul mío - qué más da pero mi amigo y contrincante sufrió una pequeña fractura. No me lo dijeron abiertamente y solamente escuchaba rumores. Más tarde se volvió una habladuría y supe que me empezaron a decir "rompe huesos", algo que jamás me enteré pero con el tiempo, mi amigo tuvo el valor de decirme que si lo había lastimado. Me dio mucha pena pero él estuvo con yeso y no pudo jugar una temporada pero seguimos siendo los amigos en muchos momentos porque nuevamente empezábamos a jugar...
Pasaron algunos años y me tuve que mudar a otro lugar dejando toda mi aventura a la par que mis amigos. Pero regresé y los busqué a todos después, cuando tenía 15 años. Habíamos crecido y otros también se fueron. Nos abrazamos y nos contamos tantas cosas, me emocioné mucho al verlos de nuevo. Algunos después del colegio estudiaban y otros solo trabajan para traer pan para su casa, no había nada más que aprender.Esa tarde nos pareció larga y luego fuimos a ver nuestra cancha, en la que siendo niños íbamos a pelotear. Volvían la imágenes del juego, la euforia del momento y los gritos del arquero, ja, ja, ja... era volver a empezar de nuevo.
Me despedí y triste fue nuevamente la despedida.Y terco, regreso luego de un año más o menos, cuando me dio una corazonada. Encontré el lugar de siempre, el parque, el rincón del trompo, la esquina de la canga, casi todo pero mis amigos, los del callejón, ya no estaban como tampoco, ¡Oh ingrata sorpresa! sus hogares. Era el precio de la vida ingrata y de la niñez perdida. El recuerdo de esos días, dio lugar a la melancolía, a los crespos hechos por la sorpresa y la desazón. Me dio tanta nostalgia, el pesar en el silencio de mi alma me cargaba mucho porque ahora habían solamente residencias, ya eran otros los niños, otras eran las conciencias y otros perros eran los que ladraban al desconocido...
Los que viven ahora nunca se enteraron que allí vivieron los palomillas de antes y los atrevidos del mañana. Entre los que recuerdo y que estuvieron en mi mente aquella vez fueron "el pito", "el sacalagua", "el cholo" y entre ellos"el rompe huesos".Aquél que al pasar la vida y los encuentros, nunca los dejó de recordar...