sábado, 31 de octubre de 2020

Ildefonso Graña


Se llamaba Ildefonso Graña Cortizo (aunque todos le llamaban Alfonso) y había nacido el 5 de marzo de 1878, en la aldea de Amiudal, en el municipio ourensano de Avión, hijo de un humilde sastre rural. Como muchos otros jóvenes gallegos, se embarcó rumbo a América huyendo de la pobreza, en busca de un futuro mejor. La fiebre del caucho y las grandes cantidades de dinero que generaba lo atrajeron hacia la selva amazónica; vivió en las ciudades brasileñas de Manaos y Belén de Pará, antes de instalarse en Iquitos (Perú). Allí, Graña hizo amistad con otro expatriado gallego, Cesáreo Mosquera, republicano ferviente, antiguo soldado en las Filipinas y dueño de una librería en el departamento de Loreto. La hermana de Alfonso, Florinda, también se instalaría en Iquitos, donde se casó y aún hoy viven sus descendientes.

Pero en torno a 1920, el esplendor del caucho americano se vino abajo. La llegada a los mercados del caucho procedente de las colonias británicas, más barato y abundante, hundió a la industria cauchera del Amazonas. Miles de personas se quedaron sin trabajo, entre ellas Alfonso. Pero él, hombre decidido y emprendedor, decidió partir en busca de nuevas oportunidades de negocio, adentrándose en la selva acompañado por un compatriota suyo, del que no se sabe su nombre pero si que era natural de la aldea de Abelenda, en el mismo municipio del que Graña era natural.

Al poco de comenzar su viaje, ambos aventureros cayeron en manos de una tribu de huambisas, los temibles jíbaros, feroces guerreros famosos por su costumbre de reducir las cabezas de sus enemigos, que conservaban como trofeos. Su amigo muere a manos de los indios, pero Alfonso tiene la fortuna de que la hija del cacique local queda prendada de él y ruega a su padre que se lo entregue como esposo. Y así, casado con la hija del jefe, Alfonso se queda a vivir con la tribu. Muy pronto se gana el respeto y la admiración de los indios por su fortaleza y valor; no lo afectan las enfermedades de la selva, ni la picadura de las tarántulas, y a la hora de descender por los rápidos del temible Pongo de Manseriche ni se molesta en amarrarse a la canoa. Tal es la fascinación que sienten por él, que cuando poco después fallece su suegro, los indios le reconocen como su sucesor y su nuevo rey, con gobierno sobre 5000 indígenas. Años después de haber dejado la civilización, sin que hasta entonces se hubiera sabido nada de él, el rey Alfonso hace su espectacular aparición en Iquitos, al frente de dos grandes canoas cargadas de mercancías y varios indios, para gran alegría de su amigo Mosquera quien ya lo daba por muerto. A partir de ese momento, el rey Alfonso viaja hasta Iquitos una o dos veces al año, para comerciar con los productos de la selva (tortugas, monos, carne curada, pescado). Durante sus visitas, enseñaba la ciudad a sus súbditos jíbaros, a los que compraba helados o paseaba en el Ford descapotable de su amigo Mosquera. Éste, a su vez, aprovecha las visitas de Graña para poner por escrito las historias y aventuras que su regio amigo le cuenta de su vida en la selva. Esos documentos son hoy en día la principal fuente de información sobre Graña y su reinado.

Su autoridad entre los indios se asentó rápidamente; les enseñó a aumentar la producción de sal (elemento valiosísimo en la selva) y se afanó en poner paz entre las tribus huambisas y aguarunas, que se enfrentaban muy a menudo. En 1926, la petrolera norteamericana Standard Oil quiso hacer prospecciones petrolíferas en la zona, y tuvo que negociar con Alfonso para asegurarse de que sus exploradores no eran atacados, además de proporcionarles guías y víveres.

A principios de los años 30, Mosquera se entera, a través de un artículo periodístico de Víctor de la Serna en el periódico El Sol de la existencia del proyecto de una expedición española al Amazonas, liderado por el conocido piloto Francisco Iglesias Brage, y que contaba con el apoyo del gobierno republicano y numerosos intelectuales de la época. El librero escribe a Brage ofreciéndole su colaboración y la de Alfonso, y Brage responde entusiasmado. Comienza entonces un intercambio epistolar que dura cuatro años, entre 1931 y 1935, en el que Graña y Mosquera envían todo tipo de datos al piloto sobre la selva (fauna, flora, costumbres de los indígenas) además de muestras de agua, animales, insectos y fotografías tomadas por el propio Graña. Es por aquel entonces que el nombre de Alfonso Graña comienza a hacerse célebre, gracias a los artículos publicados por de la Serna, en los que le llama Alfonso I del Amazonas. La famosa expedición no llegaría a realizarse, frustrada, como tantas otras cosas, por el estallido de la Guerra Civil.

En 1933 tiene lugar uno de los hechos que más contribuyeron a acrecentar la fama del rey gallego de los jíbaros. El 22 de febrero de ese año, tres hidroaviones de la Fuerza Aérea peruana, que participaban en la guerra entre Colombia y Perú, se veían obligados a amarar de emergencia en el Amazonas por culpa de una tormenta. Uno de los aviones se estrella y fallece su piloto, Alfredo Rodríguez Ballón, y otro se avería. El tercer aparato logra despegar llevando consigo a las tripulaciones de ambos aviones. El rey Alfonso, entonces, ordena embalsamar el cadáver del piloto muerto y cargar en varias canoas los dos hidroaviones siniestrados, y desciende con ellos por el peligroso cauce del río Nieva, plagado de rápidos, hasta Iquitos, donde entrega el cadáver a la familia del muerto y los hidroaviones al ejército peruano. En agradecimiento, la Fuerza Aérea peruana lo condecora y el gobierno del país lo reconoce oficialmente como rey de los huambisas y le otorga el derecho de explotación de las salinas de la selva.

Alfonso Graña y su hijo

Alfonso Graña moriría en noviembre de 1934, al parecer a consecuencia de un cáncer de estómago. Sus súbditos sepultaron su cuerpo en un lugar desconocido de la selva. Graña tuvo dos hijos con su esposa, una niña que murió a corta edad, y un niño, llamado como su padre, que seguía con vida hasta hace unos años. Uno de sus nietos, Kefrén Graña, es el líder de la Federación de Comunidades Wampis de Río Santiago, que junto a otras comunidades y organizaciones indígenas creó el año pasado el primer gobierno indígena autónomo del Perú.

Compilado

sábado, 26 de septiembre de 2020

Juliane Koepcke

 

Juliane, tenía 17 años cuando fue succionada de un avión después de que fue golpeado por un rayo. Cayó 2 millas al suelo atado a su asiento y sobrevivió. Sin embargo, tuvo que soportar una caminata de 10 días a través de la selva amazónica antes de ser rescatada por un equipo de tala. De 93 pasajeros y tripulación, y fue la única sobreviviente del accidente.

LA INCREÍBLE HISTORIA DE JULIANE KOEPCKE

El 24 de diciembre de 1971, Juliane y su madre María se dirigieron al Aeropuerto Internacional Jorge Chávez en Lima, Perú, y fueron parte de las 92 personas que abordaron un cuatrimotor Lockheed 188 Electra bautizado como Mateo Pumacahua, correspondiente al vuelo 508 de LANSA con destino a la ciudad de Pucallpa, donde su padre, que allí trabajaba, las esperaba para celebrar Navidad.

Cuando sobrevolaban la selva del Amazonas, se formó una tormenta, con fuertes vientos y lluvia. La voz de una azafata fue la que le salvó la vida a Juliane.

"Señores pasajeros, les informamos que la zona de turbulencias que estamos atravesando se debe a una importante tormenta sobre la selva Amazónica. Abróchense los cinturones".

En el momento en el que las sacudidas fueron más violentas, los equipajes de mano salieron de sus cubículos, el avión descendió 4000 metros y el piloto buscaba aire más denso para poder realizar un aterrizaje de emergencia, Juliane lo describió de la siguiente manera

"Yo fijaba la vista en el motor derecho como recurso virtual a mi falta de apoyo físico. La fría humedad de la mano de mi madre delataba su consabido sufrimiento. En ese punto, el viaje se tornó en la aventura de mi vida cuando una inmensa y cegadora luz atravesó la hélice que yo contemplaba. El avión se escoró rápidamente y comenzó a caer picado gobernado ahora únicamente por la fuerza de la gravedad".

A las 12:36 un rayo golpeó al avión cuando estaba a unos 3000 metros de altura, y explotó.

Juliane salió despedida del avión, asida por su cinturón al asiento, y cayó sobre las copas de los árboles, cuyas ramas y la densa vegetación amortiguaron el impacto hasta el suelo. Estuvo inconsciente unas 3 horas, y cuando despertó la mañana siguiente, se encontraba en tierra, debajo de su butaca, y rodeada de la más densa selva. El hecho de haber caído con su butaca, y que ésta cayese sobre la espesa vegetación le salvó la vida.

Juliane miró a su alrededor y junto a ella había solo cuerpos y restos del avión.

Me desperté sentada en el mismo asiento, como iniciando otro viaje pero, esta vez, al infierno. Había tres cuerpos desmembrados a mi alrededor, creía que se trataba de una pesadilla y me volví a dormir por unos instantes. Cuando creí volver en mí me atraganté de realidad. Cuerpos inertes colgaban de los árboles, hierros, asientos, ropas y maletas desparramadas por la selva, humo, mucho humo y crepitar de combustiones desperdigadas hasta donde la espesura de la jungla dejaba distinguir.

Increíblemente, Juliane Koepcke tenía solo heridas mínimas: su brazo tenía un corte, tenía una herida en su hombro, tenía un ojo morado y una clavícula rota.

Juliane pasó los siguientes dos días tratando de buscar ayuda, pero lo único que halló fueron los restos calcinados del aparato y los cadáveres de otros pasajeros.

Juliane decidió aferrarse a la vida y sobrevivir a toda costa. Recordando los consejos de su padre, quien le enseñó nociones de cómo orientarse en un lugar desconocido, Juliane empezó a seguir el curso de un arroyo, con la esperanza de que éste la condujera hasta ríos más caudalosos, en donde podría habitar gente. Debido a que el río era cálido, pudo calentarse y no morir de frío, además de que el agua era potable. En algunos tramos tuvo que nadar, porque presentaba cierta profundidad. Los cocodrilos de la zona no le atacaron. Aunque observó algunas frutas en los árboles, no se las comió porque sabía que eran venenosas.

Fueron días aciagos, en los que debió hacer frente a un calor insoportable, a las picaduras de los mosquitos, y al peligro de que se le apareciera un animal salvaje. Juliane no sabía que se encontraba a más de 600 km de cualquier centro habitado, en plena Amazonía peruana.

Tras diez días de caminata por la jungla, finalmente llegó a un río navegable y caminó por manglares y la orilla hasta dar con una canoa a motor y una choza, que servía de refugio para cazadores. No quiso robar la canoa, por lo que esperó varias horas hasta que los propietarios llegaran de vuelta. Entretanto, y dado que su cuerpo se había parasitado con larvas de moscas, se roció con combustible para intentar limpiar la herida.

A la mañana siguiente, los cazadores, que eventualmente transitaban por dicho lugar, la encontraron en el refugio. La llevaron hasta su aldea, donde le dieron comida y le curaron las heridas más graves. Al día siguiente, Juliane fue llevada en canoa durante diez horas de viaje hasta el pueblo de Tournavista, donde le trasladaron en avión hasta Pucallpa para ser internada en el hospital. Allí, se reunió con su padre, en un emotivo reencuentro.

Las indicaciones de Juliane Koepcke ayudaron a dar con los restos del avión —se encontró la parte delantera casi intacta— y constatar que si bien sobrevivieron 13 pasajeros, entre los cuales se encontraba el piloto del avión, que quedó muy malherido tras la caída, estos no vencieron a la selva y fallecieron en diversas circunstancias.

Juliane se trasladó a Alemania, donde se recuperó totalmente de sus heridas y continuó sus estudios, obteniendo su título en zoología y biología en 1987. La Dra. Juliane Diller, como se la conoce actualmente, se especializa en mamalogía, sobre todo en el estudio de murciélagos. Actualmente trabaja como bibliotecaria en la Colección zoológica del Estado de Bavaria en Múnich.

Hoy, se dedica a cuidar los ecosistemas que, según ella, le salvaron la vida.

Bibliografía: Koepcke, Juliane. «Cuando caí del cielo: La increíble historia de supervivencia que se volvió película ahora.

Mi antiguo Perú TV.   -  Jhonatan Meléndez - Imágenes e Historias del Perú y del Mundo

 

lunes, 31 de agosto de 2020

Pueblo Libre



Hoy la “Villa de los Libertadores” cumple su 198° Aniversario de creación política. (26/8/2020)

Pueblo Libre es un distrito con un rico pasado histórico que se remonta incluso al periodo prehispánico, como un importante centro de poder económico y político por las actividades agropecuarias que se desarrollaron en su rico territorio; y por el significativo papel que cumplió durante el proceso de nuestra independencia como la “Magdalena Vieja”. Además le tengo mucho cariño porque en el nacieron o residen muy buenos amigos de toda la vida y porque mi papá trabajó en su Municipalidad bajo el liderazgo del recientemente fallecido señor Luis Rosselló. 

Acompaño una foto de los primeros años de 1900, la antigua bodega Queirolo fundada en 1880 en el cruce de las actuales avenidas general Manuel Vivanco y San Martin, un rincón característico del distrito, apreciándose el “tranvía de sangre” (de tracción animal) que circulaba por Manuel Vivanco hasta la avenida de La Magdalena, actual avenida Brasil, hacia el centro de Lima; y el canal que recorre todo San Martin por el frente de la histórica iglesia de Santa María Magdalena, joya arquitectónica inicialmente construida en 1557.

Fuente: Una Lima que no se va.


viernes, 31 de julio de 2020

La Cripta de los Héroes


Uno de los lugares emblemáticos de la ciudad de Lima, ubicado en la zona denominada “Barrios Altos” es, sin lugar a dudas, el Cementerio Presbítero Maestro, antes denominado “Cementerio General de Lima”, en la cuadra 17 del jirón Ancash. Fue construido entre 1807 y 1808 por el arquitecto, escultor y pintor de origen vasco, Matías Maestro (1766–1835), e inaugurado el 31 de mayo de 1808 durante el gobierno del virrey José Fernando de Abascal. En aquellos días se le llamaba “el panteón de Lima” y fue el primer cementerio de carácter civil en América.

El mencionado camposanto alberga a una de las joyas de la arquitectura republicana: la Cripta de los Héroes. Corría el año de 1906 cuando el Congreso de la República, durante el gobierno del presidente José Pardo y Barreda, dispuso la suma de ocho mil libras para edificar una cripta — tal como rezaba en uno de los artículos del decreto Ley N°398 — en homenaje a los héroes caídos de la “última guerra exterior” (frase que hace alusión a los combatientes muertos en la Guerra del Pacífico). Posteriormente fueron trasladados allí héroes sobrevivientes de dicha guerra. La cripta fue construida bajo las órdenes de los arquitectos Émile Robert y Antonin Mercié, y fue inaugurada en 1908. El edificio Art Nouveau, posee un estilo ecléctico de evidentes reminiscencias neoclásicas y en la parte superior luce una cúpula de grandes dimensiones.

El monumento está rodeado por columnas y ornamentos en las partes superior, inferior y lateral y posee revestimientos interiores en mármol blanco con vetas grises y negras, además de vitrales en las partes superior delantera y posterior y diversos elementos estéticos que en conjunto le dan un aspecto monumental e imponente, propio del estilo neoclásico reinterpretado por los europeos en el siglo XIX, y que llegó al Perú traído por arquitectos, ingenieros y artistas franceses durante el periodo republicano y que contrasta con los estilos de esa época: el neogótico y el neobarroco, recurrentes en los mausoleos y tumbas del Presbítero Maestro.

Dentro de la cripta se aprecian tres niveles (dos de los cuales son subterráneos): el primero, conformado por una sala de ingreso tipo mezannine circular en el primer nivel, en el que se encuentran los sarcófagos de Miguel Grau Seminario y Francisco Bolognesi Cervantes. Este ambiente está revestido en mármol blanco con vetas grises. En los vanos de ingreso y en algunas paredes del edificio se observan placas de mármol con los nombres de hombres, mujeres y niños que participaron y/o prestaron apoyo durante la guerra.

Una escalera lateral conduce al primer nivel subterráneo en el que se encuentra una serie de 234 nichos con los restos de héroes de las diversas campañas y batallas de la Guerra del Pacífico. En la parte central están los restos de Andrés Avelino Cáceres Dorregaray y alrededor se aprecian cinco osarios con restos de soldados caídos en combate en las batallas de Tarapacá y Angamos; Tacna y Arica; San Juan, Chorrillos y Miraflores; Huamachuco y San Pablo. El piso y los nichos son de mármol blanco y vetas grises.

En un segundo nivel subterráneo se ubican 29 sarcófagos, 16 placas y 40 nichos de mármol blanco que contrasta con el mármol negro del piso y paredes, donde yacen Alfonso Ugarte y otros héroes que ofrendaron su vida entre 1879 y 1884. Al ingreso de este nivel hay un sarcófago con los restos del héroe del Cenepa, mayor EP Luis Alberto García Rojas muerto en 1995 como capitán de artillería, y que es considerado el último héroe que ha tenido el Perú, declarado como tal en 2006 por la Ley 28682 y trasladado a la cripta en enero de 2017.

Desde junio de 1999 el cementerio recibió la denominación de “Museo Cementerio Presbítero Maestro” por acuerdo de directorio de la Sociedad de Beneficencia de Lima Metropolitana, el Consejo Nacional de Museos (ICOM-PERU) y el entonces Instituto Nacional de Cultura, a fin de valorar, proteger y difundir el patrimonio artístico, arquitectónico e histórico de carácter funerario. Desde entonces la Beneficencia Pública de Lima viene organizando visitas guiadas tanto diurnas como nocturnas en las que se puede conocer y apreciar, además del recorrido por los cuarteles y mausoleos, la Cripta de los Héroes.

No obstante, su valor arquitectónico, la Cripta de los Héroes no solo debe valorarse por ese aspecto sino también por lo que representa históricamente, y es un merecido reconocimiento al valor, entrega y amor por la Patria de héroes y patriotas que lucharon por defender el territorio del Perú.

Fuente: Rosa María Vargas Romero Historiadora/ Crítica de Arte